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sábado, 3 de agosto de 2013

Un día de agosto del año 1567 el Gran Duque de Alba llegó a Bruselas

Un día de agosto del año 1567 el Gran Duque de Alba llegó a Bruselas. La canícula veraniega se veía atenuada por la proximidad del Mar del Norte. Le seguían 10.000 hombres de armas que llevaban a sus espaldas un severo entrenamiento de más de seis meses en las fértiles tierras de Sicilia. De esta forma se iniciaba una de las guerras de desgaste más trágicas de la historia.
Las Guerras de Flandes fueron la tumba de más de 40.000 soldados, adscritos a los famosos tercios. El error estratégico que alimentó aquella imparable sangría hizo que la gestión de los enormes recursos provenientes de América fuera a parar a manos de banqueros alemanes y genoveses, evitando así unas inversiones necesarias e ineludibles para una nación, la española, que demandaba urgentes reformas administrativas y políticas que redundaran en beneficio de los muy castigados pueblos que constituían la urdimbre de lo que fue una gran nación y que, de no haber sido por algunos dislates y dispendios sin fundamento, podría haber llegado más lejos y más alto durante más tiempo. Este país siempre ha dado el alma ante las adversidades, mientras su dirección no ha sabido estar a la altura ni corresponder a la entrega de su pueblo.
La estrategia inicial
La mejor logística de aquel tiempo, la oficialidad más avezada, la tropa más experimentada, los mejores ingenieros de campo, incluida la bendición papal, fueron movilizados por Felipe II para crear una dinámica circulación de hombres y pertrechos a lo largo de los mil kilómetros que partiendo de Milán concluían en Bruselas.
España tejería pacientemente sólidas alianzas con los gobernantes de aquellos territorios que separaban sus dominios
Las guerras de Flandes no tenían que haber ocurrido nunca. Una buena gestión diplomática que hubiera pasado por una tributación más laxa, un vasallaje razonable de los flamencos hacia La Corona y un respeto a su credo religioso, habrían bastado para que el enorme despropósito que implicaba detraer el veinticinco por ciento de los recursos tan necesarios para la construcción y consolidación de nuestro emergente imperio, hubieran aliviado el enorme sufrimiento de amplias zonas del país. Entre tanto los ingleses “agitaban la cuna” financiando sibilinamente a los Duques de EgmmontHorn y la Casa de Orange para mantener clavadas a las tropas españolas, en un territorio a todas luces improductivo, mientras ellos ya habían detectado y fijado su estrategia para un futuro asalto al cuerno de la abundancia. América estaba al alcance de una apuesta más seria y formal. Inglaterra invertía en crecer y crear mientras nos entretenía con un sabio juego de sombras chinescas.
De aquellos hechos, a día de hoy, todavía no hemos extraído –al parecer– ninguna conclusión ni enseñanza.
El Camino Español era un corredor logístico terrestre que funcionó como un reloj suizo durante el tiempo que duró a pesar de que la distancia real del teatro de operaciones era enorme.
El rey español compartía el Ducado de Milán al tiempo que el de Príncipe Soberano del Franco Condado. En el periodo de los Habsburgo, España tejería pacientemente sólidas alianzas con los gobernantes de aquellos territorios que separaban sus dominios. Una añeja alianza con el patriciado genovés sumada a la tradicional alianza con la Casa de Saboya más un extraño y atípico tratado con Francia, hacían del Ducado de Lorena un oasis de neutralidad desde 1547. Estos lares podían ser usados como tránsito de las tropas de ambos países para sus propósitos bélicos, pero con la condición expresa de no instalarse más allá de los dos días.
Una larga travesía
Una vez atravesados los Cantones Suizos, Alsacia, el Tirol y en ocasiones las cuencas del Rin, se aterrizaba en el Luxemburgo español, desde donde se redistribuía la tropa en función de la demanda de atención que requerían los díscolos y cada vez más enojados flamencos. Las extraordinarias dotes militares del Gran Duque de Alba nunca fueron acompañadas por formas diplomáticas dignas de tal nombre. No tenía mano izquierda. La política de “palo y tentetieso” practicada por el genial militar y su tendencia a cortar cabezas sin reflexionar sobre las consecuencias, hicieron que toda la población de los Países Bajos se radicalizara en contra de él. Lo que podría haber sido una acertada gestión en el ámbito doméstico –sin cuestionar sus contundentes y eficaces habilidades militares- se convirtió en un avispero sin salida de emergencia.
Posteriormente, el más hábil -diplomáticamente hablando-, Luis de Requesens, no conseguiría mejorar aquel escenario. Su política de mano tendida hacia los soliviantados flamencos no mejoraría la situación pues su antecesor no había dejado ninguna “casilla de oxigenación” y sí un país literalmente incendiado. Al “bizantino” Requesens le sucedió Juan de Austria.
Pero sucedió algo imprevisto.
La desobediencia
En una misiva enviada por el Emperador al vencedor de Lepanto, se expresaba de manera clara y concisa el siguiente párrafo:
“… bajo ningún concepto debéis pensar en venir a España, aunque nadie desea más que yo que pudierais hacer esta visita, tal es el placer que experimentaría al veros…”
Una enorme cantidad de recursos humanos y económicos fueron dilapidados en una fatua guerra de religión
El caso es que Don Juan de Austria desobedeció y se fue a España presumiblemente arrastrado por un “lío de faldas” al tiempo que se demoró cuatro meses en cumplimentar las demandas del Emperador. Éste le había recibido muy afectuosamente y no quiso poner el acento en la desobediencia del insigne general. Para entonces el acumulado de muchos meses sin cobrar y las pésimas condiciones de supervivencia en las que estaban instaladas las tropas españolas y sus “ad lateres” los mercenarios alemanes, dieron lugar al famoso saqueo de Amberes. Este episodio propició que el ilustre militar comenzara su gobierno con toda la opinión pública en contra. La precariedad económica y la carencia de apoyos políticos generaron importantes deserciones.
Un par de años después y con una salud muy deteriorada por el erosivo clima de Flandes y los disgustos acumulados por tanto trajín bélico, este genial estratega iniciaría el tránsito a mejores tierras.
El Camino Español fue la arteria que bombeó la energía y los sueños de grandeza de un poderoso pueblo gestionado por miopes. Flandes nunca debió ser un objetivo estratégico. Una enorme cantidad de recursos humanos y económicos fueron dilapidados en una fatua guerra de religión que sólo aportó hambre, miseria, huérfanos y viudas a dos pueblos que podrían haber llegado a entenderse de no ser por la cerrazón de un gran emperador que no supo rectificar a tiempo su error.

Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento

Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento, por eso interactúan con las demás personas como si fuesen cualquier otro objeto, las utilizan para conseguir sus objetivos: la satisfacción de sus propios intereses. No necesariamente tienen que causar algún mal.
La falta de remordimientos radica en la cosificación que hace el psicópata del otro, es decir el quitarle al otro los atributos de persona para valorarlo como cosa es uno de los pilares de la estructura psicopática.
Los psicópatas tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual sólo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos comunes. Sin embargo, estas personas sí tienen conocimentos de los usos sociales, por lo que su comportamiento es adaptativo y pasa inadvertido para la mayoría de las personas.
Además, los psicópatas tienen como característica el tener necesidades especiales y formas atípicas de satisfacerlas, que en general implican cierta ritualización. El acto psicopático hacia el otro se configura mediante la necesidad del psicópata y su código propio, que desde su punto de vista lo exime del displacer interno.

Además los psicópatas tienen un marcado egocentrismo, una característica que pueden tener personas sanas pero que es intrínseca a este desorden. Esto implica que el psicópata trabaja siempre para sí mismo por lo que cuando da, es que está manipulando o esperando recuperar esa inversión en el futuro.

Otra nota común es la sobrevaloración de su persona, lo que los lleva a una cierta megalomanía y a una hipervaloración de su capacidad de conseguir ciertas cosas y la empatía utilitaria, que consiste en una habilidad para captar la necesidad del otro y utilizar esta información para su propio beneficio, lo que constituye una mirada en el interior del otro para saber sus debilidades y obrar sobre ellas para manipular.

En España también se considera imputable a todos los efectos, sin que la psicopatía oficie de atenuante de delito ante el tribunal. Esto quiere decir que tienen responsabilidad y plena culpa.
Es importante saber que la psicopatía es incorregible, aunque se pueden utilizar fármacos antipsicóticos para reducir su impulsividad y rehabilitación conductual con una alta disciplina, pero las terapias de rehabilitación habituales no sólo son ineficaces, sino peligrosas. Dada su incapacidad para empatizar, y que la empatización hacia sus víctimas es el pilar principal de todo proceso de rehabilitación social por el que pasan los delincuentes, la rehabilitación de los psicópatas se está basando en el egoísmo del propio sujeto, fomentando una conducta que le reporte beneficios y evite penas.
Actualmente se ha desarrollado un escáner que lee la zona del cerebro que contiene nuestras intenciones, antes de realizarlas, y se baraja la posibilidad de usarla en un futuro para descubrir nuevos casos de psicopatías. Este escáner o tomografía por emisión de positrones (PET en sus siglas en inglés) permite leer la actividad del cerebro ante determinados estímulos. Los estímulos relacionados con las capacidades de empatía se encuentran ausentes en el lóbulo prefrontal del cerebro en el caso de los psicópatas, ya que, por lo que sabemos de neurología, el lóbulo prefrontal es la sede principal de los mecanismos que hacen a nuestros razonamientos morales, y en el caso del psicópata se halla inactivo ante un estímulo que sugiera empatía hacia terceras personas.

Características según Cleckley[editar · editar fuente]

El trastorno psicopático produce una conducta anormalmente agresiva y gravemente irresponsable, que según el doctor Hervey Cleckley determinan una serie de características clínicas, descritas en su libro The Mask of Sanity: An Attempt to Clarify Some Issues About the So-Called Psychopathic Personality, que incluyen:
  • Encanto superficial e inteligencia.
  • Ausencia de delirios u otros signos de pensamiento no racional.
  • Ausencia de nerviosismo o manifestaciones psiconeuróticas.
  • Escasa fiabilidad.
  • Falsedad o falta de sinceridad.
  • Falta de remordimiento y vergüenza.
  • Conducta antisocial sin un motivo que la justifique.
  • Juicio deficiente y dificultad para aprender de la experiencia.
  • Egocentrismo patológico e incapacidad para amar.
  • Pobreza generalizada en las principales relaciones afectivas.
  • Pérdida específica de intuición.
  • Insensibilidad en las relaciones interpersonales generales.
  • Conducta extravagante y desagradable bajo los efectos del alcohol y, a veces, sin él.
  • Amenazas de suicidio raramente consumadas.
  • Vida sexual impersonal, frívola y poco estable.
  • Incapacidad para seguir cualquier plan de vida.

Características según Hare[editar · editar fuente]

Para el doctor Robert Hare, investigador sobre psicología criminal, los criterios que definen a la personalidad psicopática pueden evaluarse mediante una lista de veinte características denominadas Psychopathy Checklist (PCL). Estas descripciones tuvieron como base el trabajo de Cleckley para definir la psicopatía a través de una serie de síntomas interpersonales, afectivos y conductuales. Los síntomas que exhiben los psicópatas son, según Hare:
  • Gran capacidad verbal y un encanto superficial.
  • Autoestima exagerada.
  • Constante necesidad de obtener estímulos y tendencia al aburrimiento.
  • Tendencia a mentir de forma patológica.
  • Comportamiento malicioso y manipulador.
  • Falta de culpa o de cualquier tipo de remordimiento.
  • Afectividad frívola, con una respuesta emocional superficial.
  • Falta de empatía, crueldad e insensibilidad.
  • Estilo de vida parasitario.
  • Falta de control sobre la conducta.
  • Vida sexual promiscua.
  • Historial de problemas de conducta desde la niñez.
  • Falta de metas realistas a largo plazo.
  • Actitud impulsiva.
  • Comportamiento irresponsable.
  • Incapacidad patológica para aceptar responsabilidad sobre sus propios actos.
  • Historial de muchos matrimonios de corta duración.
  • Tendencia hacia la delincuencia juvenil.
  • Revocación de la libertad condicional.
  • Versatilidad para la acción criminal.

Los trastornos mentales más 'extraños'

  • LOS DESCONOCIDOS
    Los trastornos mentales más 'extraños'
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    Estas enfermedades pueden causar en los pacientes ilusiones tales como hacerles creer que están muertos o que una parte de su cuerpo no les pertenece.
  • Conocemos, habitualmente, una larga lista de trastornos mentales que nos resultan más o menos comunes por su cotidianidad. Trastornos descritos en distintas obras literarias o pincelados en películas. Sin embargo, más allá de las enfermedades mentales más “populares” se encuentran otras mucho más difíciles de afrontar, por su desconocimiento. Estas son algunas de ellas.
    Síndrome de Cotard
    Los afectados por esta enfermedad mental creen que están muertos, que no existen, o que sus órganos se encuentran en estado de putrefacción. En ocasiones, la ausencia total de estímulos y esta creencia de que ya están muertos puede causar la muerte real por inanición.
    Síndrome de Frégoli
    Este trastorno delirante se basa en el hecho de que el paciente está seguro de que diferentes personas son en realidad una misma que va cambiando su apariencia o se disfraza. Esto provoca que los enfermos se sientan perseguidos por esa “única persona” y puede derivar en paranoia, en la que el afectado creerá que esa persona intenta hacerle daño.
    Síndrome de Capgras
    En el punto opuesto del síndrome de Frégoli se sitúa el síndrome de Capgras, que provoca que el enfermo crea que una persona, generalmente alguien cercano como un familiar, es reemplazado por un impostor. Normalmente este tipo de trastorno aparece vinculado a pacientes con esquizofrenia, demencia o lesión cerebral. 
    Síndrome de Stendhal
    Conocido también como Síndrome de Florencia, este trastorno afecta a los enfermos cuando observan obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente hermosas o se encuentran agrupadas en un mismo lugar. El paciente suele presentar varios síntomas simultáneos y de aparición súbita: angustia, excitación alternante con depresión, obnubilación, temblor, palpitaciones, sudoración y zumbido de los oídos.
    Desorden de Identidad de la Integridad Corporal
    Esta enfermedad causa la ilusión al enfermo de que una parte de su cuerpo, como un brazo o una pierna, no le pertenece. De esta forma, esa parte de su ser se le antoja extraña y sufre irresistibles deseos de amputársela. 
    Síndrome de París
    Es uno de los trastornos más llamativos pues únicamente se ha registrado en los turistas japoneses que visitan París. A causa de un 'shock cultural' -entre su propia cultura y la parisina- los afectados son incapaces de separar la idílica imagen de la ciudad francesa que aparece en su imaginario colectivo de la realidad de una bulliciosa metrópolis. Este motivo empuja a los enfermos a volver a su país natal porque no soportar la visión del París real.
     

sábado, 20 de julio de 2013

La Estupidez Humana

TRIUNFA LA ESTUPIDEZ
Un mundo de listillos lleno de estupideces y tontos incurables
Pascual Tamburri Bariain
No es lo mismo ser tonto que hacer el tonto. Y si bien podemos corregir la estupidez no podemos evitar que sea parte de la historia humana. Pero hay que saber contenerla. 
12 de julio de 2013 Imprimir este artículoEnviar a un amigoAumentar textoReducir textoCompartir:Acceder al RSS Comparte esta noticia en Facebook Comparte esta noticia en Twitter Añadir a del.icio.us Buscar en Technorati Añadir a Yahoo Enviar a Meneamé Enviar a Digg Enviar a MySpace
AZOTE DE IMBÉCILES
Erasmo de Rotterdam. Elogio de la estupidez. Edición de Tomás Fanego Pérez. Akal – Básica de Bolsillo, Madrid, 2011. 304 pp. 9,00 €.
¿Y ESO CÓMO SE CURA?
Paolo Legrenzi. Por qué las personas inteligentes cometen estupideces. Traducción de Mireia Carol. Ares y Mares - Crítica, Barcelona, 2011. 136 pp. 5.95 €. E-book 9.99 €
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Muchos seres humanos han sido considerados tontos. Muchos lo han sido y han sabido sobrellevarlo u ocultarlo con éxito. Y como recordaba Oliviero Ponte di Pino, muchos lugares del mundo han sido asociados con la estupidez, especialmente desde comunidades humanas por alguna razón enemigas. Así, Abdera fue la patria de los tontos en la Grecia clásica; Schildburg en la Alemania contemporánea; Molbo para los daneses; Gotham en Inglaterra; Lepe para los españoles del siglo XX; Gaggiano para los milaneses; Bélgica vista desde Francia; o Polonia para los estadounidenses. No discutimos que haya tontos ni que la estupidez abunde, pero hay pregunta desde siempre pendiente de respuesta: ¿qué es la estupidez? ¿Cómo se identifica, cómo se previene, cómo se oculta, puede superarse?

La respuesta clásica en la pluma de un heterodoxo
Akal nos vuelve a proponer la edición de Tomás Fanego Pérez, apta para todos los bolsillos y para todos los lectores, del Encomium Moriae de Erasmo de Rotterdam. Puede parecer demasiado atrevido proponer para el público lector de 2013 lo que es un pilar del humanismo europeo, pero precisamente por serlo es momento y lugar de extender su conocimiento y de plantear entre los hombres y mujeres destinados a gobernar el siglo XXI algunos grandes debates que ya eran vetustos a comienzos del XVI, y que siguen sin respuesta. El mérito precisamente de esta edición es que trata de hacerse accesible, de evitar demasiadas divagaciones y de situar la obra en su contexto, para que sirva también hoy de estímulo en el pensamiento.

Erasmo, qué duda cabe, fue un gran sabio. Digamos aún mejor un erudito, un enamorado (a su modo) del mundo clásico. De hecho, a él (y a la posterior prevalencia de la Europa del Norte) le debemos muchas de las cosas que sabemos o creemos saber sobre Roma y sobre todo Grecia. Toda su obra es una recuperación y revisión de los clásicos, no a la manera de la Cristiandad medieval, tampoco siguiendo el clasicismo paganizante del renacimiento italiano de su mismo tiempo, sino usando las formas y el fondo de los clásicos justamente para cimentar un nuevo cristianismo humanista. Erasmotiene siempre más de dos filos y más de dos lecturas, es peligroso de leer apresuradamente y uno siempre se deja algo en el tintero porque dice muchas cosas, sugiere muchas otras y siempre, aun cinco siglos después, nos sorprenden.

Este ´Elogio de la estupidez´ sorprende desde su título griego, porque su gran amigo sir Thomas More, humanista, helenista y tan afín a él en tantas cosas (y tantas veces su protector, no lo olvidemos), encontró un equilibrio diferente entre la modernidad clasicista y la fe cristiana; un equilibrio tan diferente que la crisis protestante que de Moro hizo un mártir y un santo de Erasmo hizo, o quiso hacer, un modelo y un guía. Tampoco fue así, pero hay que tener presente, para ver qué señalaErasmo como ´estupidez´, cuáles fueron los blancos preferidos de sus dardos, tan variados, tan hirientes, tan viperinos. Decir "humor" hablando de este libro es decir demasiado poco, quizá valga más la pena habla de "sarcasmo" .

Estudiante pobre, becario por su brillantez –quizá no lo sería en la España de los enemigos de Wert-, Erasmo concibe este "Elogio" hacia 1509 saliendo de Italia y viajando a Inglaterra, donde de hecho, en casa de Moro, redactará al menos la primera versión. Se imprimió en 1511 en París y en Estrasburgo y triunfó en ventas, al menos para los números de la época. En parte se debió a la fama del autor, en parte a su erudición y su acidez, y en parte no pequeña a la actualidad de su temática. No es una obra exclusivamente religiosa en un momento de grandes debates, aunque tiene una dimensión inevitablemente cristiana.

¿Qué es la estupidez? La protagonista de este juego de palabras y de ideas erasmista es una compañera permanente de los hombres, no es mala en sí misma y sólo termina siéndolo cuando ocupa el lugar que no debe. Sospecho que convivir y debatir conErasmo, azote de imbéciles, tan consciente de su propio saber y de sus propias razones, no tuvo que ser fácil, y desde luego aun sin quererlo su ataque a la escolástica tomista se demostró una preparación del terreno para la división de Europa que estaba entonces fraguándose. Todos los tontos e imbéciles señalados por Erasmo merecen, sin duda, su crítica, y acertado es señalar como él hace que la necedad es más cómoda para la mayoría que el saber; lo que no sabemos es si todos los alfilerazos que Erasmopropone fueron de verdad acertados, si le faltaron otros o si él mismo mereció su propia ración. Quizá tantas citas clásicas para legitimar una parte del divorcio entre fe y razón fuesen un exceso ya en su tiempo, pero triunfaron por señalar a tiempo y con brillantez algunos de los campos de debate de ayer y de hoy. Incluso para ser necio, incluso para no estar de acuerdo con Erasmo, incluso para opinar sobre la estupidez de otro modo, hace falta saber mucho y pensar más. Y a ese estímulo nos sigue llevando esta lectura siempre sugestiva.

¿Podemos evitar o prever la estupidez?

En el siglo XX Robert Musil desde la filosofía, Norman Dixon desde la psicología yCarlo M. Cipolla desde la historia y el pensamiento, entre otros muchos, han continuado adentrándose en la senda milenaria de la estupidez humana. Qué es la estupidez, cuándo y por qué somos estúpidos o actuamos como tales, cómo es un estúpido y cómo es alguien que hace tonterías; a todo esto ya ha habido muchas respuestas antes, y a todo ello se refirió Erasmo de Rótterdam quizá con más erudición.

Lo que Paolo Legrenzi explica desde la experiencia y desde la práctica psicológica es que personas con una gran inteligencia, medida desde varias perspectivas, pueden hacer grandes tonterías y comportarse como tontos. Y al revés, personas objetivamente no inteligentes pueden comportarse sin aparentar y hasta sin ejercer estupidez.

Legrenzi tiene la virtud de explicar este divorcio a través de casos notables de personas a las que sabemos inteligentes y no por ello siempre exitosas, como Bill Clinton, George W. Bush, Silvio Berlusconi Richard Nixon. Ser inteligentes (formación aparte) no vacuna contra actuar estúpidamente (cosa que desde los clásicos sabemos esencialmente humana). Lo que sí podemos hacer es prevenir los errores en nuestra conducta que nos hacen parecer más tontos de lo que somos. Lo que Legrenzino demuestra es la inexistencia de la estupidez humana, ni la invalidez de la inteligencia objetiva, sino la necesidad de usar bien lo que nos es dado, la posibilidad de parecer lo que no somos al menos del todo y el riesgo de actuar como tontos, un riesgo que nos hace, también, humanos. No a todos por igual, por cierto.